Technicolor - Marlango explica como se gestó su cóctel de sonidos

Voz en blanco y negro y piano de Chicago, años 20. Así empezó a gestarse el último disco de Leonor Watling (Madrid, 1975) y Alejandro Pelayo (Santander, 1971) o, lo que es lo mismo, Marlango. Ambos hacen un parón en los ensayos de su incipiente gira para contarnos cómo se fue coloreando Technicolor, su séptimo trabajo discográfico, un cóctel de sonidos con sello propio que ahora llega a los escenarios.

El arranque de una gira siempre es difícil. ¿Las piezas encajan, está todo bajo control?
Alejandro Pelayo.- Es un momento delicado porque casi todo es nuevo. El repertorio, la banda, una parte visual del espectáculo a la que le estamos prestando mucha atención... También vamos a tener invitados, sorpresas..., que no queremos desvelar para que no se pierda el misterio.
Leonor Watling.- Nunca tenemos la sensación de que todo encaja o que está bajo control, pero es parte de lo bonito de esto. Sí es verdad que, cuanto más trabajas, mejor sale y más libertad tienes.

¿Cada disco es un viaje a lo desconocido o tenéis muy claro lo que queréis hacer antes de entrar en el estudio?
A.P.-Technicolor fue una mezcla de las dos cosas. Teníamos una idea, una ilusión, no la fotografía sino el negativo. Y el estudio es el proceso de revelado, van apareciendo cosas con las que no contabas. Es como estar en un laboratorio.
L.W.- Lo curioso es que uno tiene muy claro lo que quiere, pero luego ocurre la vida. Con este disco tengo la sensación de que ha pasado algo especial. Es muy raro que lo que escuchas cuando cierras la puerta del estudio se parezca a aquello que tú habías imaginado. La mejor de las expectativas era este disco.

¿Cómo funcionáis a nivel creativo?
A.P.- En principio se han establecido los roles muy claramente. Todo lo que tiene que ver con las palabras está en los cuadernos de Leonor. Cuando la canción todavía no se sostiene sola, utilizamos un lenguaje común a través del cine, la fotografía, excusas que nos inventamos y que nos sirven para echarlas a andar.
L.W.- Se parece a una especie de partido de tenis: él toca algo, yo improviso encima de eso, eso le lleva a él ir hacia otro sitio, yo le sigo... Y a base de hacer eso, una y otra vez, encontramos un mismo camino.

¿Utilizáis la música para evadiros de la realidad o para comprenderla?
A.P.- Para los músicos creo que son las dos cosas, dependiendo casi de cada momento del día. Nosotros no somos cronistas de lo inmediato, funcionamos casi siempre por oposición a lo que nos rodea. Si estuviera seis meses en uno de esos sitios a los que van los millonarios a jugar al golf, acabaría haciendo un réquiem.
L.W.- Es una mezcla. A veces utilizas la música para esconderte, para comprender lo que está pasando o para gritar y echar mierda donde puedas. Otras veces también sirve para detenerte y darte cuenta de que estamos mejor de lo que estábamos hace cien años.

 

Fuente:El Mundo